Marcha de poetas. Crónicas:Día 2

 

 

 

 

 

 

Día 2.

Dolavon – Las Chapas

La noche de ayer cerró con broche de oro. Nos fuimos al Carnaval de Dolavon y logramos instalarnos alto en las tribunas frente al palco oficial, ocupado en ese momento por el vice-gobernador. El gobernador llegó para la hora de los premios, así que se perdió el espectáculo de cincuenta metros de banderas desplegadas contra la megaminería, mientras abajo en la calle desfilaban las plumas, las lentejuelas, los tambores y la alegría del pueblo. Circulaban varios disfrazados “sueltos” entre las comparsa: los que más llamaron la atención fueron un “Mario Das Neves” y una “Cristina” que andaban a los abrazos entre el público, y bajo nuestras banderas… Si Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo y Diego Capusotto se hubieran puesto a escribir el guión de esta escena a seis manos, no les hubiera salido ni la mitad de bien…A la hora de dormir, y cuando ya nos íbamos desmayando en las carpas, el cielo estalló: veinte minutos de maravillosos (y ruidosos) fuegos artificiales. “ No nos podemos quejar: miren la bienvenida que nos dan” dijo un compañero desde alguna de las carpas.

La casa de Dolavon que nos prestó Leonardo para pasar la noche fue un verdadero regalo: las carpas sobre césped húmedo, el gigantesco parral de deliciosas uvas blancas, el baño con agua caliente… Nos fuimos como beduinos dejando atrás el último oasis…Después de bañarnos (la logística fue complicada: un solo baño, veinte personas, hubo que hacer una lista que más o menos se respetó), un buen desayuno de mate y rodajas de pan casero untadas con dulces, partimos, bastante atrasados, al punto de partida fijado para hoy: la marcha iba a comenzar bajo el sol del mediodía: a no olvidar los gorros (o boinas, o turbantes improvisados) ni el protector solar. Los termómetros de los autos marcan treinta y dos grados. En la ciudad eso sería una tortura. Pero aquí el viento, del que tanto renegamos los patagónicos afincados, es un refrescante perfecto. De a poco, caminando, vamos entendiendo que en la naturaleza todo tiene su razón de ser.

 

Nos dividimos en cuatro grupos de entre cuatro y cinco personas, y nos desparramamos en las postas cada 15 km: a las 12:20 comenzó el segundo día de marcha, las cuatro agrupaciones en simultáneo. Cada grupo contó con el lujo inusual de dos autos de apoyo. Un lujo dominguero, ya que mañana la cantidad de autos se reducirá a la mitad: lo indispensable. (Dos de los vehículos llegaron desde Puerto Madryn, con gente de la agrupación independiente “John William Cooke”. Además de la ayuda y la buena onda, nos trajeron un donativo en dinero que vino a salvar un par de baches económicos… Quién no los sufre, en estos días, ¿no?)

 

Caminar por la meseta chubutense es una experiencia que todos deberían hacer al menos una vez en la vida. El paisaje, que al principio parece monótono, empieza a develar sus tesoros a los ojos que se van haciendo al camino: el parche verde de una jarilla, el paso rápido de una lagartija, un cañadoncito húmedo donde se amontonan las plantitas más tiernas, una piedra que parece una joya entre el polvo, el silencio que viene envuelto en el viento que nunca deja de soplar… El grupo número 2 contó que un bello caballo blanco los acompañó, lejos desde el otro lado del alambrado, durante todos los 15 km. Un relumbrón al sol el caballito.

Los autos iban adelantándose a los caminantes sin perderlos de vista, y los esperaban con agua, naranjas y aplausos. En uno de los grupos se ofrecía, además, poesía al paso: durante unos metros los caminantes podían disfrutar de un poema de José Emilio Pacheco o de Juan Gelman…Seguimos acrecentando nuestra colección de “arte rutero”: una llave fija de 3/8, un escarabajo seco, más víboras, un tubito de pegamento cubierto de canto rodado y hasta una antigua talla de piedra que, creemos, es un raspador de cuero, o una punta de lanza a medio hacer.

Durante el camino se habla de todo: de la Marcha, de trabajo, de arte, de hijos, de amores o de lo que sea. A veces se marcha en silencio.

 

Un capítulo aparte se merecen los autos que vamos cruzando en el camino. Tratamos de imaginarnos qué pensaran sus ocupantes al ver cuatro veces en apenas sesenta km. la misma escena repetida: cuatro o cinco hombres y mujeres con banderas argentinas y mapuches en medio del resplandor inmenso de la meseta al mediodía. Aunque es evidente que la mayoría de los automovilistas están al tanto: saludan con bocinazos festivos, con las manos, alguno con una banderita… En varios casos se han detenido a preguntar. Les contamos. Varios quisieron dejar su firma en el petitorio contra la derogación de la ley 5001: un detalle que descuidamos. No trajimos las planillas.

 

Casi cuatro horas después, los cuatro grupos habían cumplido su objetivo. Solamente un lesionado leve, con dolor en una rodilla, tuvo que terminar el trayecto en auto. Los demás llegamos cansados y felices al km. 15. Hoy, desde Trelew, alguien va a traer una rodillera para el lesionado, que quiere seguir caminando sí o sí. Todo el contingente se reúne bajo los árboles. Se toma mate, agua, gaseosas. Un grupo comienza a pelar cebollas y papas, mientras uno de los autos va a comprar carne para el guiso. Se come pan con dulce y se delibera dónde acampar: la estación de servicio de Las Chapas es ciertamente desolada. Hace años que no vende combustible. Hay despacho de comida y bebida. Y baños. Unos pocos árboles, un trailer y una casa vieja, a unos cien metros. La otra opción es acampar en la Villa de Dique Ameghino, al borde del río y bajo los árboles. Pero la villa está a una decena de kilómetros. Y el combustible es escaso. Decidimos acampar ahí mismo.

Estábamos empezando a desempacar las carpas, cuando un anciano de barba blanca, de piel muy curtida, desde lejos nos grita que podemos usar su casa para dormir y bañarnos. La casa vieja, vecina a la estación. Aceptamos con alegría: los regalos que nacen de la solidaridad humana son doblemente bienvenidos. Ahí, con las bolsas de dormir sobre el piso de cemento, entre paredes sin revoque, con esa mesa repleta de bolsitas con provisiones, panes duros y una cajita de vino barato, nos sentimos otra vez en casa.Mañana marchamos a Las Plumas.